Tuesday, April 26, 2016

Primer capítulo de Castillos en el aire

Estoy muy contenta de presentarles el primer capítulo de Castillos en el aire, la historia de Ariel y Lance. Espero les guste y que tengan muchas ganas de leerla completa.
Ya no falta nada para el 5 de mayo...
¿Listos?





 Arturo >

Para: Chica de California 
Fecha: 12 de septiembre de 2015 19:22
Asunto: RE: Otra vez yo

Sé que esto te va a sonar ridículo. Pero contigo siento una conexión que no sentí antes con ninguna otra persona. Nunca te he visto, no podría diferenciar tu rostro entre la multitud, ni tampoco el sonido de tu voz y, a pesar de ello, podría jurar que me conoces mejor que cualquier otra persona en este vasto mundo.
El hilo sigue ahí. Tirando de mí. Haciendo que siga escribiendo estos correos, que me haga adicto a ellos.
La espera me está consumiendo, mi chica de California.
Quiero verte, tocarte, hablarte al oído. Soy un mentiroso, porque cuando te ponga las manos encima, voy a querer hacer mucho más que eso. Lo siento, no es mi deseo asustarte. Solo hacerte comprender.
Entiendo tus motivos para ser reacia.
Pero entonces, dime ¿cómo sobrevivir hasta que llegue ese momento?
Cede a mi petición, mi estrella fugaz, y déjame ver tu luz.

A x


Capítulo 1
—Tan tarán, ahí lo tienes, ¡es malva! —chilla la chica de la peluquería, con una sonrisa de treinta mil mega watts, mientras le da la vuelta a mi silla, para que quede frente al espejo.
Me miro parpadeando, sin poder creer lo que ven mis ojos. Parezco sacada de una foto de Pinterest, por primera vez en mi vida he podido darme el lujo de pagar por una peluquera profesional, atrás quedaron los días en que me iba a la farmacia más cercana en busca de los materiales para mi nuevo invento.
Me gusta tener el cabello de colores, ¿qué? Júzgame, hazlo, todo el mundo lo hace, ya estoy acostumbrada. ¿Cuál sería la diferencia?
—Mi pelo es lila —digo mientras una sonrisa se dibuja en mis labios—. Tengo el cabello morado.
—Y te queda genial —asegura ella, llena de convencimiento.
Seguro le ha de decir lo mismo a todas sus clientas, pero no me importa. Me encanta mi color de pelo, de verdad que sí.
—Te he cortado unas capas, para darle textura al cabello, tienes unos mechones más oscuros que otros, eso le da volumen…
Ella habla, habla y sigue hablando. Yo solo puedo pensar en que por primera vez el sol brilla en mi cielo, que por primera vez y, gracias a mi esfuerzo, la vida me sonríe. Bueno, tengo que admitir que el mérito no es solo mío. Rose, mi vecina y mejor amiga, también ha tenido mucho que ver, ella le dio un giro a mi sueño. Haciéndolo real.
Soy Ariel Wilkinson y, aunque todavía no estoy lista para contarte toda mi historia, puedo asegurarte que el camino que he andado hasta ahora ha estado sembrado de espinas, pensé que las rosas no crecerían jamás en mi jardín.
Hasta ahora.
He vivido en la calle, literalmente durmiendo bajo un puente, uno que no queda a más de media milla del lugar en que vivo ahora. Sé lo que es aguantar hambre, soportar frio y calor, sin tener un lugar en el que refugiarte. Sin embargo, jamás me di por vencida. Jamás dejé de creer. Jamás dejé de luchar.
Le paso a la chica de la recepción unos cuantos billetes de cien, los suficientes para cubrir la cuenta y salgo del local sintiendo que el día es más bonito que cuando entré hace unas horas. El sol es más brillante, el viento sopla más fresco, la gente en la calle sonríe a mi paso.
Incluso creo que hay menos tráfico.
Imagínate, poco tráfico en pleno centro de San Diego.
Así de bonito está el día de hoy.
A pesar de que muchos pudieran pensar que había tocado fondo, hice mi mejor esfuerzo por mantener la dignidad. Me negué a prostituirme, a vender drogas y a robar. Incluso me negaba a limosnear, ¿por qué habría de hacerlo si mis manos seguían en perfecto estado de funcionamiento? No, en mi cabeza eso jamás tuvo sentido.
Barrí muchas aceras, frente a locales comerciales y algunas casas. Lavé vidrios, sin importarme qué tan grande fueran los ventanales. Saqué basura, limpié jardines, y eso, damas y caballeros, fue lo que me trajo hasta el lugar en el que vivo hoy en día. El señor Hatz, el dueño del condominio me ofreció un trabajo en serio después de haberme ofrecido a barrer la acera y el jardín central en más de una ocasión, pidiendo a cambio solo una comida caliente. El hombre decidió tomar el riesgo, creer en la chica medio mugrosa, de pelos de colores que no dejaba de rondar su propiedad. ¿Que si acepté? ¡Ja! Estoy loca, pero no tonta, el pobre hombre no había terminado de resumirme mis obligaciones y beneficios, cuando yo ya estaba saltando sobre él, prometiéndole que nunca se iba a arrepentir de haber creído en mí. Y hasta el día de hoy, sigo honrando esa promesa.
No lo hago por necesidad, ahora tengo el suficiente dinero para pagarme un apartamento decente, lo hago por lealtad. El señor Hatz es mucho más que un jefe, en los tres años que tengo viviendo aquí en Elemental Lane, se ha convertido en un padre para mí. Un padre terco y cabezota, que no quiere recibir un centavo por dejarme seguir viviendo en mi pequeño apartamento.
Y fue precisamente, en ese apartamento donde la magia ocurrió.
Yo estaba buscando financiamiento para mi proyecto, un préstamo en un banco que queda aquí bastante cerca. No tenía idea de esas cosas, sigo sin enterarme, el cuento es que, armándome de valor, decidí que debía dar el siguiente paso, así que llené los papeles y me presenté en la oficina a esperar a que me atendieran. La verdad es que necesitaba ese dinero con más urgencia de la que quería admitir, no había más salida.
Y ahí todo se jodió.
Ahí tuve la suerte de encontrármelo.
A él, al trajeado.
Él, tan estiradito, con esa ropa tan bien planchada y almidonada, todo perfumadito y repeinado. Él con sus hombros anchos y sonrisa de anuncio de dentífrico,
Maldito metrosexual, siempre insinuando estupideces, riéndose de mí, burlándose de mi proyecto.
Incluso llegó a reírse de mi nombre.
Pendejo.
¿Quién en el siglo XXI se llama Lancelot?
¿Qué se cree, de la realeza?
Si ese estirado también sangra, igual que el resto de los mortales. Aunque lo hayan mandado a un internado de esos en donde te meten una varilla de acero por el culo, para que jamás pierdas la compostura ni encorves la espalda.
Ese hombre me irrita.
Ese hombre saca lo peor que hay en mí.
¡Es arrogante!
Desesperante.
Es… un orgasmo andante.
Espera… yo no dije eso.
Bueno, al menos no de forma consciente.
Estoy bien jodida.
Demente.
Lo bueno es que ya no tengo que volver a verlo. Nunca. Jamás en toda mi vida.
La, la, la, soy feliz, soy feliz.
Todo, porque Roselyn, hace unos meses, más de un año en realidad, descubrió mi plan de negocios y como buen metiche que es, decidió sacar su varita mágica y convertirse en mi hada madrina. Ahora mi línea de cuidado de la piel se vende en una gran cadena de productos orgánicos a lo largo y ancho de este gran país y seguimos en expansión.
Ya no tengo que preocuparme por dormirme con la barriga vacía, por tener frío. Ahora incluso puedo ayudar a quienes quieren superarse, puedo sembrar las semillas de un cambio, pequeño, pero cambio, al fin y al cabo.
Ahora puedo ser yo, sin miedo.
Y hablando de la reina de Roma, ahí está mi amiga, parada afuera del condominio viendo hacia un camión de mudanza.
—Parece que tenemos nuevos vecinos —dice a modo de saludo.
—Sí, el señor Hatz vendió la casa de la esquina hace unas dos semanas.
—¿Y no me habías contado? —Me regaña, y tomen nota, sigue sin saludarme, la muy cabrona no se ha dado cuenta de mi cambio de look, todo por andar de cotilla—. Haz incumplido con uno de los principales deberes de amigas.
—¿El cual es…?
—Mantenerme informada del acontecer del condominio, por supuesto —asegura, muy seria, con la mirada clavada en el camión y un par de dedos golpeando en su barbilla.
—A ti la felicidad marital te ha vuelto ciega, ¿no tienes nada que decirme?
—Ciega mis polainas —reniega—, ¿ya viste ese monumento? ¿Será el nuevo vecino?
Vemos a un hombre de unos treinta años, bastante bien llevados, bajarse de la parte trasera del camión, llevando consigo un par de cajas.
—¿Ya viste qué brazos tiene?
—Si es que está buenísimo —respondo casi babeando.
¿Dónde dejé mi cubeta?
—Creo que voy a presentarme, como buena vecina —anuncia adelantándose un par de pasos.
—Hey tú, quieta ahí. Aquí la que se va a presentar soy yo, que por algo trabajo en el condominio, además estás casada.
Lo bueno que hoy fue mi día de peluquería, qué mejor que estrenar mi recién adquirida imagen que impresionando al bombón del vecino.
—Si estar a dieta no me impide deleitarme con el menú.
—A ver qué opina Chase al respecto…
—Aguafiestas —gruñe—. Odio que se lleven tan bien, me gustaban más los días en que se lo pasaban de la greña.
—Lo siento por ti, con esta te voy a cobrar el que no hayas reparado en mi nuevo look.
Ella me mira boquiabierta, mientras yo me detengo en inspeccionar cuidadosamente lo que traigo puesto. Jeans, limpios, aunque rotos. Zapatillas deportivas sin hoyos a la vista. Me ajusto el nudo de la camiseta a rayas azules y blancas que tengo puesta, ahueco mi cabello y estoy lista para la acción.
Doy un par de pasos, fingiendo más valor que el que en realidad tengo.
Hasta que me quedo parada en seco.
Petrificada, diría yo.
No puede ser.
El chico guapísimo del camión, se despide de un recién llegado dándole unas palmadas en los hombros, este le lanza las llaves y mi buenote se larga.
Dejándolo ahí en la acera.
A él.
Precisamente tenía que ser él.
—¿Qué pasa, Ariel? —Escucho decir a Rosie a mi espalda.
—Maldita sea, es él.
—Sí, la cosa pinta cada vez mejor, ¿qué esperas para ir a saludar?
—Roselyn, es él —insisto señalando hacia el frente.
—¿Quién? —Pregunta sin enterarse de nada—. ¿De qué estás hablando?
—De él, del metrosexual del banco.
—Jodida mierda.
Exactamente eso, jodida mierda, mi peor pesadilla es ahora también mi nuevo vecino.
¿Ahora qué carajo voy a hacer?
:) :( ;) :P :D :/ :x :* :O :S :| B) :w :a :)) :(( O:) 7:) 7:P X( (:| =)) I-) 2:P =DD X_X :!! :q ^_^ :ar!

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