Saturday, November 5, 2016

Fuego en mis venas



Con mucha alegría —y muerta de nervios—, les presento Fuego en mis venas, la tercera historia relacionada con los elementos y que estará disponible en todos los portales de Amazon desde este domingo seis de noviembre.
Espero que disfruten de la historia de Alec y Jordania tanto como yo lo hice al escribirla. Fue todo un reto, espero haberlo superado y estar a la altura de sus expectativas.
Un beso,

S

Sinopsis:

Me gusta jugar, jugar siempre a ganar, me he trazado un camino. El del triunfo.
La filosofía de mi vida es sencilla, si quieres que las cosas se hagan bien, entonces hazlas tú misma.
No confíes en nadie, no creas en nadie.
Hasta que llega él, Alec. Jugando sucio, derribando mis defensas, haciéndome caer, empujándome a entrar en un campo de batalla que desconozco. En el terreno del amor.
Él me derriba, lo que siento me derrota, la llama que abrasa al confundirnos entre sábanas mojadas es más fuerte que yo.
Hasta que sólo puedo preguntarme, ¿qué puedo ganar al perder?

Soy Jordania, y esta es la historia del fuego que arde en mis venas.

Wednesday, July 20, 2016

Un extra de Lenguaje de mi piel



Estuve pensando sobre la mejor manera de darles las gracias. Ustedes a diario me inspiran, me motivan, me llenan de razones. Después de darle un par de vueltas, decidí que lo mejor era darles ese extra que no incluí en el libro.
Joel y Tara se despiden definitivamente, dicen adiós a su manera, entregándolo todo.
Espero lo disfruten mucho…

¡Aquí vamos!
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—¡Por fin llegamos! —Grita Joel mientras desembarcamos del pequeño bote que nos ha traído hasta aquí.
¿Quieres saber en dónde estamos? Hemos venido a Turks and Caicos, ¿recuerdan la promesa que me hizo? Por supuesto, como todas las demás, esta también la ha cumplido.
Es nuestra luna de miel. Tardía, pues tuvimos que solucionar muchas cosas primero, pero no deja de serlo.
Voy a ponerlos al día, lo primero que nos retuvo en casa fue el rancho. Después de que Joel se recuperara de la golpiza que le dieron los sinvergüenzas esos que había contratado Adolph, hubo mucho trabajo por hacer, desde la reconstrucción de las bodegas y el granero, hasta la contratación de nuevo personal, hacer de nuevo los pedidos de abastecimiento y todas esas cosas. Por fortuna, mi esposo había contratado un seguro que cubrió todos los gastos, bueno, después de lidiar con la burocracia, porque como siempre, esas compañías intentan deshacerse de sus obligaciones de una u otra manera.
Adolph, bueno, esa es otra historia. Al principio, el muy desgraciado intentó negarlo todo, luego, su defensa alegó que no estaba en pleno uso de sus facultades mentales. Pero pronto todo eso se vino abajo, no pudo sostener la mentira ante el panel de médicos que contrató la oficina del fiscal, por lo que no tuvo más remedio que apechugar y comenzar a soltar la lengua. Me sorprendió muchísimo descubrir las hondas raíces que tenía toda esa conspiración, Joel se lo esperaba.
Adolph no estaba trabajando solo, gente de muchísimo dinero y poder, estaba coludida con él para adueñarse del rancho y de la riqueza que se escondía bajo la superficie. Los compinches de quien fuera mi padrastro, quisieron librarse de su acusación, pues supusieron que era su palabra contra la de ellos, pero no contaban con que Adolph tuviera una neurona funcionando y grabara en video muchas de sus reuniones. Y ante eso, no mucho pudieron hacer.
Adolph se encuentra pagando una larguísima condena en una prisión de máxima seguridad del estado y ahí, junto con él, sus cómplices.
—¿En qué piensas? —Me pregunta Joel mientras me abraza.
—En todo lo que hemos tenido que pasar para estar aquí —le respondo—. Ha sido mucho.
—Mi vida, deja todo eso en el pasado, a dónde pertenece, no pienses en Casandra ni en…
—A esa colorina ni me la nombres, vieja loca, me alegra que Stephen le quitara al bebé y que la tengan bien refundida en ese hospital mental.
—La verdad, para mí también es un descanso —admite, al principio sé que le costó verla tal cual era, pero bueno, lo que hizo hablaba por sí solo—. No la quiero cerca de ti.
—Y yo no la quiero cerca de ti. —Ni siquiera a dos kilómetros.
Mujer más loca en el mundo no hay, se dejó comprar por Adolph, cuando este la fue a buscar, todo por unos cuantos miles de dólares y la promesa de que mi esposo quedaría libre para estar con ella.
—No tienes porqué preocuparte por eso —dice mientras me levanta, tomándome por la cintura, haciéndome chillar—. Sabes que no tengo ojos para nadie más, que eres la única, Tara, siempre lo has sido.
Lo sé, de verdad que sí. A pesar de todos los años que estuvimos separados, el corazón de Joel siempre estuvo lleno de mí, del amor que me tiene, de lo que vivimos.
—No quiero pensar más en eso —respondo haciendo un puchero—. El pasado, pasado está, tenemos toda la vida por delante.
—Y una playa de arena blanca solo para nosotros —grita haciéndome girar otra vez.
Estamos en el paraíso, en realidad lo es. El lujoso resort en el que estamos hospedados en la isla Providenciales, ofrece, como parte de sus servicios, paseos diarios a otras playas fuera del hotel. Mi esposo no dudó ni un segundo en pedir que nos trajeran a la playa más alejada de la civilización, él me quiere desnuda y solo para él, así que como la esposa sumisa y obediente que soy —nótese aquí el tono irónico—, le voy a cumplir el capricho.
Decir que estamos en medio de la nada no es del todo cierto, detrás de nosotros, en medio de unas altísimas palmeras, se encuentra un quiosco con el techo de palma, ahí hay un par de hamacas colgando, todo lo necesario para el almuerzo, bebidas y, sobre la arena, un par de camastros en los que se me ocurre hacer varias cosas ahora mismo, puede que incluso tomar la siesta después de un rato.
—Ahora, esposa mía, a lo que vinimos —dice tirando de la tela de mi vestido hacia arriba.
—¡Que viva el romance! —Replico intentando sonar molesta, pero de eso, ni un poco. Yo también quiero.
—Todo lo que quiero es nadar —contesta sacándome el vestido por la cabeza.
—Sí, sí —respondo—.Te conozco bien, Sadger, tal vez quieras nadar más tarde, ahora lo que quieres es otra cosa.
Enredando mis dedos en los cortos mechones de su cabello oscuro, acerco su boca a la mía, justo antes de decir—: Esto es lo que quieres.
—Sí que me conoces bien —acepta en un susurro.
—Eres mi esposo… —murmuro con su boca aún pegada a la mía.
—Bésame, Tara, cállate y bésame.
Y por un buen rato, no fueron necesarias las palabras… el deseo, el amor y la pasión hablaron por nosotros.

J JJ

—Voy a nadar, ¿quieres venir? —Murmura Joel, mientras besa mi espalda.
El agua se ve divina, clara y azul, pero estoy cansada, verdaderamente agotada.
—Mejor me quedo aquí —le digo.
De unas cuantas semanas a la fecha no me he sentido del todo bien, a mi mente volvieron aquellos meses de angustia cuando pensé que… bueno, ustedes conocen la historia.
Tengo que decirle, es momento de hacerlo. No ha sido fácil ocultárselo, mis malestares no me lo han hecho sencillo, por suerte la mayoría de las mañanas él se levanta primero que yo, justo al rayar el alba.
Quería que fuera especial, un momento inolvidable, por eso he esperado. Lo he preparado todo, esta noche cenaremos en nuestro bungaló, una cita solo para dos.
Una noche para nosotros. Para celebrar.
—Descansa, mi amor —se despide antes de volver a besar mis labios, es uno de esos besos que siempre me dejan con ganas de más.
A pesar de que estoy bastante adormilada, mi anhelo está bien despierto y tomando nota.
Es tan hombre, tan Joel, tan mío.
Entre la neblina del sueño lo veo alejarse, de espaldas a mí, tabla de surf en mano ya tengo ganas de tocarle otra vez, pero aquí se está tan bien. Y tengo tanto, tanto sueño…
Joel se sube a la tabla y, dando brazadas, se aleja de la playa buscando las olas más altas.  Él no mira hacia la playa, está totalmente concentrado en lo que hace, así vive su vida, poniendo el corazón en cada paso que da, entregándose por entero y sin reservas.
Esa es una de las razones por las que lo amo en la forma en que lo hago.
Es por eso que soy la mujer más feliz del mundo.
Es por él.
Después de un rato de andar de aquí para allá, deslizándose sobre las olas, se sienta en la tabla a descansar. Entonces nuestras miradas se encuentran y sonríe de esa forma que solo lo hace para mí.
Joel levanta la mano para saludarme y respondo de la misma manera.
Sopla el viento, trayendo consigo nuevas olas, por lo que se aleja otra vez, subiéndose a una bastante grande.
Viene, viene, viene. Hasta que algo lo empuja y cae de cabeza.
Tras unos segundos bajo la superficie, él sale y toma aire.
—¡Joel! —Grito horrorizada una y otra vez, al verlo luchando por mantenerse a flote.
Me levanto del camastro y corro hasta la playa, olvidándome de que sigo desnuda y de todo lo demás también. En lo único que puedo pensar es en Joel y en la batalla que libra a tan solo unas decenas de metros, dentro del agua.
Impotente y muerta de angustia, veo aparecer una siniestra sombra alargada, seguida de la inconfundible aleta que emerge del agua y embiste contra mi esposo con toda su fuerza.
—¡Noooooooooo! —Grito al verlo hundirse otra vez—. ¡Alguien que me ayude!
Es en vano, estamos completamente solos, no hay nadie que venga a socorrernos a ayudarle.
—¡Joel! —Chillo otra vez, implorando al cielo que por algún milagro mi esposo vuelva a mí, que no me deje.
Que viva, por favor, que viva.
Como si escuchara mis plegarias, Joel nada hacia donde me encuentro, tan rápido como puede. La aleta vuelve aparecer, justo antes de que una gran mandíbula llena de dientes embista contra sus piernas, obligándolo a hundirse otra vez.
—¡JOOOOOOOOOEL! —Lo llamo otra vez, rogando porque aparezca, porque llegue a la orilla.
Una mancha roja se extiende en las aguas que hasta ahora eran de un prístino azul. Corro unos cuantos metros, hasta que el agua me llega a las rodillas, pero mi esposo no vuelve a aparecer.
Las fuerzas se me van, desaparecen en estas aguas junto con él.
Se han ido.
—No, Joel… —Grito otra vez, cerrando los ojos—. ¡Nooooooooooo!
Mi esposo se ha ido, esa maldita bestia me lo ha arrancado aquí, justo frente a mis ojos.
—Joel —lloro desconsolada—. Joel, vuelve a mí.
—¿Tara? —Me llama alguien sacudiéndome—. Tara, nena, despierta.
—No, Joel —me niego a abrirlos, a enfrentarme a la realidad.
—Mi vida, estoy aquí —dice—. Abre los ojos.
Esa voz, su voz, me trae de regreso inmediatamente, como un lazo mágico. Ese al que algunos llaman el hilo rojo del destino.
Hago lo que me pide y lo encuentro frente a mí, mirándome con preocupación, todavía empapado.
—Oh Dios, eres tú —murmuro tocándolo—. Si eres un fantasma, pido que me atormentes toda la vida.
Eso lo hace reír, mientras mis brazos rodean su cuello, todavía sigo llorando incrédula.
—Soy yo, mi vida, estoy aquí —murmura besando mi cabello, acariciando mi espalda desnuda—. Estoy aquí, no tengas miedo.
—Pero es que… pero es que yo te vi, ese animal te atacó…
—No tengo idea de qué estás hablando —dice con una sonrisa en los labios.
Toma mi cara entre sus manos y me mira con una ternura que me reconstruye entera. Sin él solo era una sombra, una mujer rota.
—El tiburón, Joel, yo lo vi, vi cómo te atacaba… —sollozo señalando hacia el agua, que ahora se ve tan calma.
Él se vuelve a reír. De mí, por supuesto.
—Te dije que era una mala idea ver esa película anoche, pero estabas terca en ver a esa actriz que tan bien te cae.
—Ese animal te atacó y en lo único que podía pensar era en ti, en mí y en el bebé, Joel, el bebé que no conocería a su padre.
Lloro, lloro y sigo llorando, abrazada a su cuerpo, incapaz de dejarlo ir. El pánico ha pasado, pero la sensación de desasosiego sigue aquí, abatiéndome. No quiero imaginar mi vida sin él, no quiero ni pensar lo que sería de mí y de este pequeño milagro que se ha obrado en mi vientre.
—¿Bebé? —Pregunta quedándose paralizado, atónito, diría yo—. ¿Cuál bebé?
—Pues el que vamos a tener —contesto todavía ahogada en llanto.
—¿Vamos a tener un bebé? Mi amor, ¿de verdad vamos a tener un bebé?
—Sí —acepto entre lágrimas.
En menos de un segundo ya estoy de espaldas sobre el camastro, con su cuerpo cubriendo sobre el mío.
—Dímelo otra vez —me pide, entrelazando sus dedos con los míos a cada lado de mi cabeza—. Dime que vamos a tener un bebé.
Su sonrisa es tan radiante que lo borra todo, mi cielo vuelve a ser azul otra vez, vuelvo al paraíso. No, no es porque estamos en una isla preciosa, no. Mi paraíso es cualquier lugar en el que estemos juntos.
—Vamos a tener un bebé —le digo mirándolo como una lela.
Una idiota enamorada, enamoradita perdida.
—Mi vida… —susurra antes de besarme.
Mi angustia se ha ido, ahora solo queda esta alegría que le sale por los poros llenando mi cuerpo, haciéndome vibrar.
—¿Cuándo pensabas decirme? —Pregunta mientras su boca baja por mi cuello.
Comienza la tortura.
—Esta noche —confieso—. Había preparado una celebración para los dos.
—No, mi vida —murmura, su lengua rodea mi pezón que ahora está más sensible—. No hay porqué perder el tiempo, tú y yo vamos a celebrar, aquí, ahora.
Lo que dice es cierto, la vida pasa tan rápido que no hay que desperdiciar ni un momento buscando la perfección. Somos lo que somos, nos aceptamos así, vivimos así, nos amamos así.
Sin pretensiones, día a día. Con grandes gestos, con pequeños detalles.
¿Y saben qué? No lo cambiaría por nada ni por nadie.
El cuerpo de Joel invade el mío, completándome, uniéndonos.
—Sí —grito. Este es el paraíso.
Mi paraíso.
Mi Jardín del Edén. Mi cielo. Mi todo, mi amor.
Joel.

Tuesday, April 26, 2016

Primer capítulo de Castillos en el aire

Estoy muy contenta de presentarles el primer capítulo de Castillos en el aire, la historia de Ariel y Lance. Espero les guste y que tengan muchas ganas de leerla completa.
Ya no falta nada para el 5 de mayo...
¿Listos?





 Arturo >

Para: Chica de California 
Fecha: 12 de septiembre de 2015 19:22
Asunto: RE: Otra vez yo

Sé que esto te va a sonar ridículo. Pero contigo siento una conexión que no sentí antes con ninguna otra persona. Nunca te he visto, no podría diferenciar tu rostro entre la multitud, ni tampoco el sonido de tu voz y, a pesar de ello, podría jurar que me conoces mejor que cualquier otra persona en este vasto mundo.
El hilo sigue ahí. Tirando de mí. Haciendo que siga escribiendo estos correos, que me haga adicto a ellos.
La espera me está consumiendo, mi chica de California.
Quiero verte, tocarte, hablarte al oído. Soy un mentiroso, porque cuando te ponga las manos encima, voy a querer hacer mucho más que eso. Lo siento, no es mi deseo asustarte. Solo hacerte comprender.
Entiendo tus motivos para ser reacia.
Pero entonces, dime ¿cómo sobrevivir hasta que llegue ese momento?
Cede a mi petición, mi estrella fugaz, y déjame ver tu luz.

A x


Capítulo 1
—Tan tarán, ahí lo tienes, ¡es malva! —chilla la chica de la peluquería, con una sonrisa de treinta mil mega watts, mientras le da la vuelta a mi silla, para que quede frente al espejo.
Me miro parpadeando, sin poder creer lo que ven mis ojos. Parezco sacada de una foto de Pinterest, por primera vez en mi vida he podido darme el lujo de pagar por una peluquera profesional, atrás quedaron los días en que me iba a la farmacia más cercana en busca de los materiales para mi nuevo invento.
Me gusta tener el cabello de colores, ¿qué? Júzgame, hazlo, todo el mundo lo hace, ya estoy acostumbrada. ¿Cuál sería la diferencia?
—Mi pelo es lila —digo mientras una sonrisa se dibuja en mis labios—. Tengo el cabello morado.
—Y te queda genial —asegura ella, llena de convencimiento.
Seguro le ha de decir lo mismo a todas sus clientas, pero no me importa. Me encanta mi color de pelo, de verdad que sí.
—Te he cortado unas capas, para darle textura al cabello, tienes unos mechones más oscuros que otros, eso le da volumen…
Ella habla, habla y sigue hablando. Yo solo puedo pensar en que por primera vez el sol brilla en mi cielo, que por primera vez y, gracias a mi esfuerzo, la vida me sonríe. Bueno, tengo que admitir que el mérito no es solo mío. Rose, mi vecina y mejor amiga, también ha tenido mucho que ver, ella le dio un giro a mi sueño. Haciéndolo real.
Soy Ariel Wilkinson y, aunque todavía no estoy lista para contarte toda mi historia, puedo asegurarte que el camino que he andado hasta ahora ha estado sembrado de espinas, pensé que las rosas no crecerían jamás en mi jardín.
Hasta ahora.
He vivido en la calle, literalmente durmiendo bajo un puente, uno que no queda a más de media milla del lugar en que vivo ahora. Sé lo que es aguantar hambre, soportar frio y calor, sin tener un lugar en el que refugiarte. Sin embargo, jamás me di por vencida. Jamás dejé de creer. Jamás dejé de luchar.
Le paso a la chica de la recepción unos cuantos billetes de cien, los suficientes para cubrir la cuenta y salgo del local sintiendo que el día es más bonito que cuando entré hace unas horas. El sol es más brillante, el viento sopla más fresco, la gente en la calle sonríe a mi paso.
Incluso creo que hay menos tráfico.
Imagínate, poco tráfico en pleno centro de San Diego.
Así de bonito está el día de hoy.
A pesar de que muchos pudieran pensar que había tocado fondo, hice mi mejor esfuerzo por mantener la dignidad. Me negué a prostituirme, a vender drogas y a robar. Incluso me negaba a limosnear, ¿por qué habría de hacerlo si mis manos seguían en perfecto estado de funcionamiento? No, en mi cabeza eso jamás tuvo sentido.
Barrí muchas aceras, frente a locales comerciales y algunas casas. Lavé vidrios, sin importarme qué tan grande fueran los ventanales. Saqué basura, limpié jardines, y eso, damas y caballeros, fue lo que me trajo hasta el lugar en el que vivo hoy en día. El señor Hatz, el dueño del condominio me ofreció un trabajo en serio después de haberme ofrecido a barrer la acera y el jardín central en más de una ocasión, pidiendo a cambio solo una comida caliente. El hombre decidió tomar el riesgo, creer en la chica medio mugrosa, de pelos de colores que no dejaba de rondar su propiedad. ¿Que si acepté? ¡Ja! Estoy loca, pero no tonta, el pobre hombre no había terminado de resumirme mis obligaciones y beneficios, cuando yo ya estaba saltando sobre él, prometiéndole que nunca se iba a arrepentir de haber creído en mí. Y hasta el día de hoy, sigo honrando esa promesa.
No lo hago por necesidad, ahora tengo el suficiente dinero para pagarme un apartamento decente, lo hago por lealtad. El señor Hatz es mucho más que un jefe, en los tres años que tengo viviendo aquí en Elemental Lane, se ha convertido en un padre para mí. Un padre terco y cabezota, que no quiere recibir un centavo por dejarme seguir viviendo en mi pequeño apartamento.
Y fue precisamente, en ese apartamento donde la magia ocurrió.
Yo estaba buscando financiamiento para mi proyecto, un préstamo en un banco que queda aquí bastante cerca. No tenía idea de esas cosas, sigo sin enterarme, el cuento es que, armándome de valor, decidí que debía dar el siguiente paso, así que llené los papeles y me presenté en la oficina a esperar a que me atendieran. La verdad es que necesitaba ese dinero con más urgencia de la que quería admitir, no había más salida.
Y ahí todo se jodió.
Ahí tuve la suerte de encontrármelo.
A él, al trajeado.
Él, tan estiradito, con esa ropa tan bien planchada y almidonada, todo perfumadito y repeinado. Él con sus hombros anchos y sonrisa de anuncio de dentífrico,
Maldito metrosexual, siempre insinuando estupideces, riéndose de mí, burlándose de mi proyecto.
Incluso llegó a reírse de mi nombre.
Pendejo.
¿Quién en el siglo XXI se llama Lancelot?
¿Qué se cree, de la realeza?
Si ese estirado también sangra, igual que el resto de los mortales. Aunque lo hayan mandado a un internado de esos en donde te meten una varilla de acero por el culo, para que jamás pierdas la compostura ni encorves la espalda.
Ese hombre me irrita.
Ese hombre saca lo peor que hay en mí.
¡Es arrogante!
Desesperante.
Es… un orgasmo andante.
Espera… yo no dije eso.
Bueno, al menos no de forma consciente.
Estoy bien jodida.
Demente.
Lo bueno es que ya no tengo que volver a verlo. Nunca. Jamás en toda mi vida.
La, la, la, soy feliz, soy feliz.
Todo, porque Roselyn, hace unos meses, más de un año en realidad, descubrió mi plan de negocios y como buen metiche que es, decidió sacar su varita mágica y convertirse en mi hada madrina. Ahora mi línea de cuidado de la piel se vende en una gran cadena de productos orgánicos a lo largo y ancho de este gran país y seguimos en expansión.
Ya no tengo que preocuparme por dormirme con la barriga vacía, por tener frío. Ahora incluso puedo ayudar a quienes quieren superarse, puedo sembrar las semillas de un cambio, pequeño, pero cambio, al fin y al cabo.
Ahora puedo ser yo, sin miedo.
Y hablando de la reina de Roma, ahí está mi amiga, parada afuera del condominio viendo hacia un camión de mudanza.
—Parece que tenemos nuevos vecinos —dice a modo de saludo.
—Sí, el señor Hatz vendió la casa de la esquina hace unas dos semanas.
—¿Y no me habías contado? —Me regaña, y tomen nota, sigue sin saludarme, la muy cabrona no se ha dado cuenta de mi cambio de look, todo por andar de cotilla—. Haz incumplido con uno de los principales deberes de amigas.
—¿El cual es…?
—Mantenerme informada del acontecer del condominio, por supuesto —asegura, muy seria, con la mirada clavada en el camión y un par de dedos golpeando en su barbilla.
—A ti la felicidad marital te ha vuelto ciega, ¿no tienes nada que decirme?
—Ciega mis polainas —reniega—, ¿ya viste ese monumento? ¿Será el nuevo vecino?
Vemos a un hombre de unos treinta años, bastante bien llevados, bajarse de la parte trasera del camión, llevando consigo un par de cajas.
—¿Ya viste qué brazos tiene?
—Si es que está buenísimo —respondo casi babeando.
¿Dónde dejé mi cubeta?
—Creo que voy a presentarme, como buena vecina —anuncia adelantándose un par de pasos.
—Hey tú, quieta ahí. Aquí la que se va a presentar soy yo, que por algo trabajo en el condominio, además estás casada.
Lo bueno que hoy fue mi día de peluquería, qué mejor que estrenar mi recién adquirida imagen que impresionando al bombón del vecino.
—Si estar a dieta no me impide deleitarme con el menú.
—A ver qué opina Chase al respecto…
—Aguafiestas —gruñe—. Odio que se lleven tan bien, me gustaban más los días en que se lo pasaban de la greña.
—Lo siento por ti, con esta te voy a cobrar el que no hayas reparado en mi nuevo look.
Ella me mira boquiabierta, mientras yo me detengo en inspeccionar cuidadosamente lo que traigo puesto. Jeans, limpios, aunque rotos. Zapatillas deportivas sin hoyos a la vista. Me ajusto el nudo de la camiseta a rayas azules y blancas que tengo puesta, ahueco mi cabello y estoy lista para la acción.
Doy un par de pasos, fingiendo más valor que el que en realidad tengo.
Hasta que me quedo parada en seco.
Petrificada, diría yo.
No puede ser.
El chico guapísimo del camión, se despide de un recién llegado dándole unas palmadas en los hombros, este le lanza las llaves y mi buenote se larga.
Dejándolo ahí en la acera.
A él.
Precisamente tenía que ser él.
—¿Qué pasa, Ariel? —Escucho decir a Rosie a mi espalda.
—Maldita sea, es él.
—Sí, la cosa pinta cada vez mejor, ¿qué esperas para ir a saludar?
—Roselyn, es él —insisto señalando hacia el frente.
—¿Quién? —Pregunta sin enterarse de nada—. ¿De qué estás hablando?
—De él, del metrosexual del banco.
—Jodida mierda.
Exactamente eso, jodida mierda, mi peor pesadilla es ahora también mi nuevo vecino.
¿Ahora qué carajo voy a hacer?

Castillos en el aire


Estoy bien emocionada, les presento la sinopsis de mi próximo proyecto, que tendrá por nombre Castillos en el aire y que verá la luz el 5 de mayo.
¿Están listos? Aquí vamos 💜💜💜

La gente cree en lo que ve. En lo que sus ojos le dicen que es cierto.
Pero, ¿y si eso no es más que un gran teatro?
¿Cómo pueden juzgarme y, lo que es peor, etiquetarme, si toda la evidencia que tienen es la que yo he decidido mostrarles?
Él dice que soy una cometa loca, que vuela a dónde le da la gana. Yo digo que él es un metrosexual, cínico y antipático.
Esta es una historia de máscaras, de ilusiones y de sueños.
Porque, a pesar de todo, me niego a dejar de creer en ellos.