Thursday, October 9, 2014

Érase una vez las huellas imborrables


Amigos, les había prometido una celebración especial y aquí está. Esta vez será Nicholas, el padre de Lucy quién nos habla.
Sé que hay algunas cosas que quieren saber, que quieren ampliar. Para el 2015 estoy preparando una nueva edición de La llave de su destino – Indeleble que traerá muchas cosas nuevas, así que no desesperen. Estoy trabajando para que la espera tenga su recompensa.
Gracias por darle alas a mis sueños, son los mejores.
Besos,

S

Érase una vez las huellas imborrables


La veo y casi no lo puedo creer, ella brilla como una estrella rodeada de los brazos de su esposo mientras mira maravillada la carita de su hijo.
Ella es Lucille, mi hija, mi peque.
Mi corazón de padre no alcanza a expresar en palabras lo que siento cada vez que la veo, cuando veo todo lo que ha logrado. Ella tuvo que luchar con uñas y dientes por conseguir todo lo que hoy en día tiene, no me refiero al dinero, hablo de su familia.
Su historia la conocen, ella misma se las ha contado, ahora es el turno de que conozcan la mía, porque aún a mis años tengo un corazón que late en mi pecho.
Ahora quiero hablarles de Laura, mi esposa.
Nos conocimos en unos de mis viajes a México, más específicamente a la Sierra Tarahumara en dónde hacía mis jornadas junto al equipo de médicos sin fronteras. Ella era enfermera así que coincidimos varias veces, su compasión, su ternura y algo en sus ojos me atraparon desde el primer momento. Cupido clavó su flecha en mi corazón y hasta el día de hoy sigo siendo incapaz de deshacerme del hechizo.
Me costó muchísimo lograr que ella se fijara en mí, su familia tampoco ayudaba mucho, para ellos yo era un gringo hippy con pinta de loco. Sólo su hermana Gemma, a la que misteriosamente le caí siempre muy bien me apoyaba, mi cuñada se convirtió rápidamente en mi celestina y por eso se ganó el título de madrina de Lucille, sin ella jugando en mi equipo, creo que mi boda jamás habría tenido lugar.
Una vez regresamos de nuestra luna de miel en las paradisiacas playas del Caribe mexicano nos instalamos en una casita que acababa de comprar en Newburgh, apenas terminaba para ese entonces mi especialización como médico cirujano y mis ingresos no daban para mucho más. Aun con las limitaciones que el dinero nos imponía aquellos fueron tiempos muy felices, Laura era una esposa maravillosa y yo me esforzaba por estar a la par, amaba a esa mujer más que a mi vida, ella llenaba nuestra casa de risas y música, volvía de mis turnos desesperado por verla, ansioso por desnudarla y encontrar mi verdadera esencia perdido en su piel.
Una vez ella aprendió a dominar el idioma creímos que era momento de que comenzara a trabajar, siendo enfermera con una gran vocación de servicio estaba desesperada por ayudar a los demás, pero entonces el destino nos sorprendió con una noticia maravillosa.
Siete meses después estábamos recibiendo a Lucille, esa niña de cabellos oscuros y ojos claros que vino a colmar nuestro hogar de felicidad, ella que con esos bracitos regordetes que agitaba en el aire cada vez que me veía entrar a la casa me traía loco. Bueno, hablar de tiempo pasado es decir mentiras.
Bueno, no perdamos el hilo, ya les hablaré de mi hija más tarde, ahora volvamos a Laura. Nuestra vida parecía sacada de un cuento de hadas, de esos que terminan en un «Y vivieron felices para siempre», pero nadie me dijo que nuestro para siempre tendría los días contados.
Poco después de nuestro décimo quinto aniversario de boda y tras una revisión de rutina, Laura fue diagnosticada con cáncer linfático, hicimos todo cuánto estuvo en nuestras manos para que mejorara y lo logró superar la primera vez, pero cuando el maldito linfoma regresó no nos dio ni la más mínima oportunidad de luchar contra él. Se la llevó en un abrir y cerrar de ojos, de paso mi vida fue enterrada con ella.
Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano por no dejarme arrastrar por la depresión, no tenía ganas de nada, apenas comía, apenas dormía y apenas podía trabajar, pero tuve que ser fuerte por mi hija. Supe entonces que Dios había decidido dejarme en este mundo para ser el sustento de Lucille y vaya que lo necesitó.
Después de cometer un error que la mandó al hospital con su primera experiencia amorosa, mi peque encontró el amor, desde el primer momento supe que era el de verdad. Aunque envueltos en aquella maraña de mentiras iba a tener que ser muy fuerte para poder sobrevivir. Hoy me siento orgulloso al decir que pudieron luchar incluso contra la muerte, no fueron pocos los obstáculos, pero aquí estamos celebrando la vida, el amor y la familia.
Levanto otra vez la mirada y me encuentro con un par de ojos verdes que me observan en silencio con gran tristeza, me duele saber eso y más aún porque he sido yo el culpable, sin embargo, nada puedo hacer por cambiar el resultado de esta ecuación.
Rebecca y yo nos conocimos porque ella trabaja como ama de llaves en casa de mis hijos, después de mi accidente y los varios meses de inactividad que arrastró conmigo nos hicimos grandes amigos. Lucille fue la primera en opinar que ahí había algo más, insistí muchas veces en que no, pero ella terca, como mulita no deponía las armas.
—Papá, me gustaría que te casaras de nuevo, verte al lado de una buena mujer que acompañe tus años venideros, no es justo que estés solo todo el tiempo.
—Peque, pero es que no estoy solo, te tengo a ti, a Max y a mi nieto.
Ella pone los ojos en blanco antes de contestar exasperada—: Sabes que no es lo mismo, esa no es una excusa.
—No sé si estoy listo para una responsabilidad como esa. —Y es en serio, el cortejo implica muchas cosas que no estoy seguro de querer hacer.
—Si quisieras, pudieras. Eres frustrante, papá. La persona más terca que conozco.
—Yo podría decir lo mismo de ti. —Respondo devolviéndole con la misma moneda.
Misteriosamente comenzaron a llegar a la casa de Max y Lucy boletos a funciones de teatro a las que ellos no podían asistir, reservas en románticos restaurantes que Maximillian había olvidado, de repente se marchaban sin previo aviso con rumbo desconocido dejándonos a Rebeca y a mí solos como si fuéramos un par de adolescentes calenturientos que necesitaban intimidad y cosas por el estilo.
Total, que terminé cediendo.
Error.
Grave error.
Y hoy, el corazón de una buena mujer está pagando las consecuencias sin merecérselo. Aun así, por lástima no voy a permanecer a su lado, Rebecca es una mujer valiosa, debe ser feliz y yo no soy el hombre destinado para esa misión.
El ambiente a nuestro alrededor es festivo, toda la familia está aquí para celebrar el bautizo de mi nieto, que dicho sea de paso es mi ahijado, voy que casi no quepo en mi traje de lino de la emoción.
Me ajusto el cuello de la camisa y me dirijo a hablar con ella, sé que no es fácil decir algunas cosas, pero mi pecho no se va a quedar tranquilo hasta que lo haga.
—Te ves muy guapa, Rebecca. —Le digo mientras doy el último paso para quedar a su lado.
—No deberías decir cosas como esas, Nicholas. No son necesarias y yo no necesito mentiras. —Responde airada ajustándose la chaqueta de su bonito traje malva.
—Me conoces bien, no digo mentiras.
Eso es cierto y ella lo sabe, por su expresión entiendo que está arrepentida, pero no es mi intensión hacerla sentir mal, vine a hablarle precisamente por lo contrario.
—Rebecca, tenemos que hablar —mi voz es baja pero firme.
—¿Hablar, de qué? —Me duele ver sus ojos tan llenos de pena—. Todo quedó dicho entre nosotros cuando saliste corriendo de mi casa, como si tuviera la peste, la noche que te invité a cenar.
—Nunca he querido hacerte daño, si me fui era porque simplemente no podía quedarme. ¿Habrías preferido que te hiciera el amor con el corazón en otra parte?
—Hubiera preferido que las cosas se quedaran como estaban antes, te consideraba mi amigo y de verdad apreciaba la relación que teníamos.
—Me gustaría recuperar lo que teníamos también, a pesar de todo sabes que confío en ti y que eres la única amiga que tengo en la ciudad.
—Buena cosa, entonces soy tu plato de consuelo.
—Eso no es cierto —respondo serio mirándola fijamente.
Ella se remueve nerviosa y exhala pesadamente mientras mira a todos hablando animadamente en una de las mesas redondas que mi hija ha dispuesto con tanta dedicación para este bautizo náutico.
—Creo que tu hija se ha animado bastante con este asunto de las fiestas. —Comenta distendiendo el ambiente entre nosotros.
—Ya no sé si es su propia emoción por superar todo lo que pasaron o si los consejos de Lis están haciendo estragos en ella. —Me entra la risa—. Me alegro de que mi yerno le dé carta blanca, porque de no ser así ya me imagino las batallas campales que se armarían.
—El señor Fitz-James está tan enamorado que sería incapaz de negarle nada.
—No olvides cómo le paró los pies cuándo propuso irnos a St. Maarten a celebrar.
Seguimos riéndonos a costa de mi hija y mi yerno, la tensión que se cernía sobre ambos como una pesada bruma se ha disipado. Tomo su mano y le planto un suave beso sobre los nudillos.
—Creo que podremos hacerlo —susurro.
—¿Qué cosa?
—Lo de ser amigos, míranos, aquí riéndonos como un par de críos.
—Tienes razón Nick, eso me da gusto. —Y su sonrisa es amplia y sincera—. Ahora cuéntame, ¿Cómo te fue con la clínica a la que fuiste?
—Pues comienzo en cuanto pueda organizar mi mudanza de Newburgh, Lucy todavía no sabe que Max quiso hacerse cargo de la casa, creo que quiere esperar hasta su aniversario para decírselo.
—¿Y crees que aguante casi 5 meses sin decírselo? —Pregunta abriendo los ojos como platos—. Donde Lucille sospeche que le está ocultando algo se arma la de Troya, yo no quiero estar cerca.
Volvemos a reír.
—Mi hija tiene su personalidad.
—Vaya que sí la tiene.
Nos reímos otro rato y hablamos de un montón de cosas, entre ellas el acontecer familiar. Es raro ver al grandulón de Bradley feliz de la vida con un hijo en cada brazo, al desenfadado Benjamin cumpliendo cada uno de los caprichos de la demandante Paula y a Sophie del brazo de su prometido, ella que también de alguna manera se ha convertido en una hija para mí.
Sigo de pie ahí, en silencio observándolo todo, estoy emocionado, si piensas que tu propia felicidad es valiosa, espera a que veas a tus hijos serlo. Lucy se ve radiante luciendo ese vestido de encaje beige. Reconozco las joyas que lleva, eran de mi suegra, que en paz descanse, ella se las regaló con motivo de su boda. Y yo mismo acompañé a Max a comprar el brazalete de aguamarinas que lleva en la muñeca izquierda. Pero nada brilla como sus ojos, camina entre los invitados con su hijo en brazos seguida por su marido, que dicho sea de paso no se le despega ni un segundo. Como si se le fuera a perder.
Conozco ese sentimiento.
Conozco esa posesión.
Y definitivamente conozco ese amor.
Sin darme cuenta mis pasos me llevan hasta la orilla del mar dejando la música y la algarabía atrás, ahí mis pensamientos vuelan hacia ella, sé que está aquí, siempre lo está.
Siempre presente.
De mis labios sale su nombre como en una oración.
Laura.
La brisa sopla más fuerte y hasta despeina mi delgado cabello.
Cierro los ojos y juro que puedo sentir su mano en la mía mientras unos labios posan un beso suavemente sobre mi boca.
Quiero congelar el tiempo, que este instante dure hasta la eternidad.
—Te extraño —musito en un susurro y justo entonces todo desaparece.

El disco solar se sumerge en el horizonte regalándonos los últimos rayos de la tarde, yo sigo ahí pasmado, intentando asumir una vez más que este es mi destino, mi final feliz.

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© Susana Mohel 2014